El País: proyecto fallido, abdicación o aviso a navegantes.

Mucho se está hablando del giro a la derecha de El País, buque insignia de Prisa. EL nombramiento de Antonio Caño o las recientes colaboraciones de Rajoy o Gallardón son un indicio de ello. La amplia entrevista a José María Aznar hace un par de semanas en el suplemento dominical, no ha dejado indiferentes a aquellos que son lectores o seguidores de este diario desde hace tiempo.

Da toda la impresión, no es nuevo, de que El País rola hacia posiciones más conservadoras y neoliberales. La deriva de la propia empresa en su gestión no es achacable únicamente a la crisis, ya que podría haber hecho las cosas de otra forma. Es algo, por ejemplo, que los despedidos de El País en el ERE de noviembre de 2012 no entendimos.

Pero en el plano editorial, es llamativo desde hace tiempo el tratamiento a algunos temas sensibles, no solo en Miguel Yuste, sino en can Prisa. La condescendencia informativa con la banca, de la que apenas se dan más que cifras y notas de prensa de los consejos de administración y con las grandes empresas españolas, con un tono triunfalista en torno a las nuevas operaciones internacionales lideradas por ellas, no son sino más luces en el salpicadero de ese portaviones que indican una mal función en su diseño. De las píldoras económicas progubernamentales, piropos trasnochados, mejor no hablar. Todo ya sabido.

Que la propiedad de Prisa y El País esté mayoritariamente en manos financieras parece un trapo en la boca a la hora de hablar sobre sus dueños. Cualquier torpedo que pudiera salir de las toberas de la cabecera madrileña no lleva carga ni espoleta.

El desastre económico que arrastra Prisa tiene más de un padre. Es verdad que el negocio no es lo que era, que Internet ha dinamitado la rentabilidad de las exclusivas y la venta en quioscos, que los costes son más altos, que la publicidad no entra, que la deuda contraída por su especulación mediática les ahoga y muchas cosas más, como una gestión lábil y un encefalograma cada vez más plano en las redacciones.

Hasta aquí nada nuevo, pero llegados a este punto de común conocimiento, hay que reconocer que la realidad es obstinada. Y la realidad es que el proyecto de El País, motor que desarrolló Prisa hasta donde conocemos, es un proyecto fallido a todas luces.

Nada encuentro en los puntos fundacionales del diario que me haga pensar lo contrario y creo que esta apreciación es compartida por la mayoría de la gente que conozco. Mejor asumirlo. Por tanto, El País ya no es lo que era ni se representa a sí mismo. Ha perdido.

En Miguel Yuste, sede del periódico donde trabajé casi 32 años, lo saben. Lo sabe desde el director hasta el último empleado externalizado a no sé qué empresa de servicios. No quedan alternativas y no queda más que jugar todos al mismo juego. La batalla de la información libre está perdida, para qué darle más vueltas. Llámese a las cosas por su nombre.

Los ataques de dignidad, a los que yo fui muy propenso, no conducen más que a negar la realidad o, al menos, esconderla tras las quejas a una dirección que es tan rehén de sus amos como lo es el más humilde becario.

Puede que la empresa editora de El País, con ese giro lento, pero constante hacia la derecha y las corrientes neoliberales, no trate más que salvar sus maltrechas naves del último naufragio. Naves en las que reman todos; los que mandan, los que se quejan y los que callan. Quiero pensar, aunque me cuesta, que en el fondo todo forma parte de un plan para no despedir a más gente, para conservar los puestos de trabajo y no para engordar aún más los emolumentos del consejo de administración. Al final, todos van a bordo, pero en clases diferentes.

Así pues las cosas, vendría bien un pacto de estado en la redacción del rotativo. Un acuerdo para pasar el trance con la frente alta, asumiendo el descalabro y la pérdida de marinería y aparejos. Los motines a bordo son mala cosa en tiempo de batalla, pero la crueldad del capitán, también. Para eso hace falta sensatez, sinceridad y dejarse el ego en casa, algo que sobra en esa redacción y en los despachos. Hacer un diario digno implica ser sincero con el lector, no engañarle. Y no me refiero a que la información no sea veraz, sino a no mostrarse como lo que uno no es. No es tiempo de nostalgia para una cabecera gloriosa que dejó muy atrás su significado fundacional y que no pasa por su mejor momento de identidad.

Pero el reconocimiento abierto de esa línea editorial es un coste que no se quiere asumir, de forma que todo se convierte en un juego de máscaras, del tío Luis vestido de Papá Noel, al que todo el mundo reconoce, hasta los niños, y al que todos le ríen las sonoras carcajadas como parte del juego. Todos menos los que no están para barbas falsas ni bromas, que cada vez son más y se informan en otro sitio.

Todos atrapados en un juego poco divertido, sobre todo para los trabajadores, pero también para los lectores. Un juego muy practicado en las grandes cabeceras de referencia. Pocas se escapan a este estado de connivencia o sumisión. Destituciones y nombramientos de directivos que pretenden manejar redacciones cada vez más maltratadas, ninguneadas y atemorizadas.

Los avisos a navegantes son numerosos. Las plantillas viven en un equilibrio asaz inestable, debatiéndose entre lo profesional y lo personal, amedrentadas por EREs crueles mientras las capas directivas engordan y se distancian de quienes hacen las informaciones, tanto como los políticos de quienes les votan. Similitudes evidentes entre señores e infanzones que se creen Papá Noel solo por sus risotadas en un despacho al frente de una redacción.

Pero los avisos son también hacia fuera, hacia quienes navegan en aguas parecidas, a aquellos medios que se atrevan a señalar al poder o, simplemente, muestren las vergüenzas de quienes atentan contra la inteligencia de aquellos que consideran súbditos.

No hay nada mejor que el miedo para dominar y el miedo se extiende por todos los mares. Si algún navío osado se atreve a zarpar, sabe que le esperan vientos adversos. Así la ecuación se completa y se hace perfecta. Ningún medio podrá ser lo suficientemente grande como para inquietar a nadie más poderoso que él, de tal forma que las noticias (aquello que alguien, en alguna parte del mundo, no quiere que se conozca), simplemente no se produzcan.