Mi 11M

Hace diez años, el 11 de marzo de 2004, yo estuve en El Pozo.

Pequeña crónica de un día, un día muy especial, de un periodista gráfico.

 

Como todos los días, la rutina dominaba la mañana: levantarse, una ducha, afeitado… nada, como pasa en estas ocasiones, hacía presagiar lo que ya estaba sucediendo en Madrid. Obvio.

Mi mujer me avisó cuando aún estaba en la ducha: “mira la que se ha liado en Vallecas”. Las primeras informaciones daban una cifra de poco mas de una docena de muertos, pero tras la experiencia de años viendo y cubriendo atentados para hacer infografías, comprendí que aquello sería mucho más grave.

Por aquella época , dirigía y aún dirige el departamento de infografía de El País Tomás Ondarra. Antes de su llegada al periódico teníamos en el departamento una especie de cadena de avisos producto de los años duros de ETA, aquellos en los que los atentados eran frecuentes en Madrid. Nos llamábamos entre nosotros para cubrirlos lo más rápido posible y funcionaba. Dado que vivía en la zona del Manzanares, me tocaron muchos de ellos por proximidad y otros, por asignación de mi jefe anterior.

Esa mañana no sonó mi móvil. Tomé la iniciativa. Llamé a Antonio Alonso, compañero de sección.

Tras un breve intercambio de palabras y prudentemente, me ofrecí a ir a la estación de El Pozo. El departamento en aquella época ya estaba tocado en su pegada y la mayoría de sus componentes, además, no vivían cerca. Yo sí.

Cogí el coche y me acerqué todo lo que pude. Quién no haya estado en el escenario de un atentado, no sabe lo que es el silencio. A varias manzanas de la estación ya podía reconocer la magnitud de aquello. El silencio se extendía por las calles de Vallecas como una capa amortiguadora de conversaciones, persianas que suben o bajan o del tráfico, que mantiene perenne ese murmullo en Madrid. Silencio.

Aparqué a una distancia prudente. Sabía por experiencia que habría varios cordones de seguridad. No recuerdo bien la calle, pero era cerca de la Asamblea de Madrid. Seguí las vías que quedaban a mi derecha hasta un colegio donde en la entrada había dos unidades del Samur y dos policías. Estaban en un pequeño corrillo ensimismados en lo que se oía por la radio de la ambulancia. Era la SER. Un letanía de intervenciones, cometarios y declaraciones concentraban toda la atención de agentes y sanitarios.

Pasé por la puerta como un fantasma. Nadie me vio, nadie dijo nada y entré en el patio del colegio. Caminé hacia el Este buscando ese silencio cada vez más profundo. Atravesé unas canchas y me acerque a la verja, junto a las vías. Allí vi el primer cadáver. Un cuerpo a unos 20 metros de mí yacía boca abajo, sobre un jardincillo. Aún no veía el tren, lo que me desconcertó y a la vez, evidenciaba la violencia de la explosión.

Un poco más lejos creo que había otro, pero podía ser cualquier cosa salvo porque se apreciaba algo parecido a una gabardina.

Se me acabó el patio y la verja. La rodee y llegue hasta otra puerta que estaba abierta. El colegio estaba absolutamente vacío. Salí y caminé por una calle a mi derecha hasta la siguiente esquina. Decidí ir por allí para no toparme con las fuerzas de orden que, sin duda, me sacarían del lugar.

Vi al fondo un grupo de bomberos, como una treintena en dos o tres corrillos, hablando. Tenían sobre sus hombros o bajo el brazo mantas de colores que destacaban sobre sus uniformes y cascos negros. Caminé hacia ellos y cuando estaba a una veintena de pasos, alguien calle más abajo dijo en voz alta “vamos”, haciendo un gesto con el brazo y la palma de la mano. Yo me dije, vamos.

El grupo bajo hacia la estación. Junto a ellos iban varias personas, no muchas, unas diez, de paisano. Me mimeticé con ellas. Siempre he tenido esa habilidad o suerte de confundirme con ellos. Dicen que tengo pinta de ‘madero’ y la verdad, no sé de donde sacan eso, pero ya me había colado más de una vez.

Estaba, sin darme cuenta, tras el último cordón de seguridad. Allí donde solo estaba la policía y los equipos de rescate. Estaba muy nervioso, excitado. Sabía que me podían pillar en cualquier momento. Caminé con el grupo sin voluntad ninguna, arrastrado por la situación y por el miedo. A poco vi la estación. Estaba allí mismo. Tras una tapia reventada y enorme boquete, estaba el tren. Lo primero que vi fue el techo levantado en una forma antinatural, como si hubieran inflado un globo dentro y hubiera adoptado esa forma esférica hasta reventar. Poco más.

Ya estaba a pocos metros. El grupo subió por la montaña de ladrillos y escombros de lo que fue la pared del andén y yo les seguí. Delante mío trepaban los bomberos y no pude parar. Allí estaba el silencio, aquel que llenaba Madrid poco a poco. En el andén, tras unos policías, estaba una de las explosiones. No vi nada salvo hierros retorcidos, un gran espacio y mantas.

No me atreví a seguir subiendo. Sabía que me colocarían rápidamente y se acabaría mi aventura informativa. El miedo tuvo mucho que ver, lo reconozco. Me sobrecogí y reculé. Al dar la vuelta, y una vez que había sobrepasado la línea de la tapia, vi sobre el andén, a mi izquierda, una hilera de bultos tapados con mantas. Eran los muertos.

En los atentados, en los atentados con bomba, además de silencio hay un olor especial. Algo que no puedo describir. Entre dulzón y ácido que se queda como en el paladar, al final de la boca. Allí olía así.

Me llevé el teléfono a la mano e intenté disimular mientras retrocedía a la acera de enfrente. Llamaba al periódico, pero era imposible. Sin línea, sin tono, nada. El silencio también estaba en las líneas de móvil.

Caminaba en pequeños círculos a una quincena de metros del agujero por donde no me atreví a pasar, sin saber muy bien qué hacer. No podía comunicar. No podía irme. No podía preguntar.

Pasaron los minutos, muchos, y que me echaran de allí cada vez estaba más cerca.

Un agente se acercó. Disimulé como que hablaba por el móvil. Me dijo: “tiene que irse de aquí. Me han dicho que tiene que irse de aquí”.

Asentí con la cabeza y repuse: “alguien tiene que contar esto, déjeme”, le rogué. Se alejó unos metros. El policía volvió. Llevaba los brazos cruzados y sin mirarme me dijo: “ya van más de 45 muertos”.

El teléfono seguía mudo y empecé a desesperarme en tierra de nadie arrepintiéndome de no haber tenido el valor de subir a aquel andén y mirar para contar lo que creía que aún no se sabía. 45 muertos.

Conseguí hablar con el periódico. Pensé que lo mejor era contarlo en directo y le pedí a la secretaria de redacción, no recuerdo quién fue, que me transfiriera a la SER. Estaba muy nervioso, entre frustrado por no haber seguido adelante y el estar allí, sin hacer nada.

Estuve en espera y empecé a oír la emisión en directo. Lo que escuchaba era muy confuso. Menos muertos en el total de las explosiones de los que me había comentado el agente hacía unos minutos solo en El Pozo. Confusión, espanto, incredulidad.

Por fin me ponen en antena. Recuerdo que Iñaki Gabilondo me introdujo. En esos momentos yo era un manojo de nervios. Creo recordar que estuve bastante inconexo y desafortunado, un helicóptero volaba a pocos metros de altura y recuerdo que dije algo sobre el, una chorrada, pero di el dato que apostillé, varias veces, sin confirmar, quise ser prudente: al menos 45 muertos. Luego fueron 65 en aquella estación.

Me dio la impresión de que no les pareció relevante. Al fin y al cabo quién era yo. Un redactor de infografía. Pero esto solo es opinión mía.

El agente vino inmediatamente y me dijo: “ahora sí, tiene usted que irse de aquí ahora mismo. Fuera”. Supuse que me habían oído por la radio.

Cogí el coche confundido camino de la redacción.

Al llegar, uno tiene esa sensación contrapuesta en emociones y sentimientos que se tiene en un periódico en esas ocasiones. La emoción de una noticia como esa, la gravedad de la situación, la tensión informativa, el ir y venir de gente, los nervios y, sobre todo, la responsabilidad de un trabajo que hacer bajo tal presión. Desde luego, en esa ocasión como en otras, ha sido un privilegio inenarrable pertenecer a esa plantilla y a esa cabecera. Es algo que no se puede olvidar.

En esos momentos, en la redacción, te conviertes en otro fantasma. Invisible, inexistente. Eres parte de algo más, de un ente con vida propia y con un solo objetivo. Un piñón en un engranaje de un mecanismo de una enorme y poderosa máquina. Insignificante, pero vital. En esas situaciones hay que dejar los egos a un lado y ser responsable y consciente de la envergadura de la situación.

Dentro del armónico y coreográfico caos de la redacción en ese momento, hay islas, burbujas de trabajo que, una vez dentro te hacen ver a los demás como ellos te ven a ti. Apenas sombras que van de un lado para otro. La sección de infografía era una de ellas.

Tras una breve explicación de lo que había pasado nos pusimos al trabajo. Aún en estado de shock y con mariposas en el estómago, había que decidir qué hacer. Todo estaba abierto y se conocía aún poco. Había que cerrar el periódico pronto, apenas en tres horas y no había casi ideas.

Discutimos las posibilidades sobre un enorme espacio en blanco de dos páginas enfrentadas. Pocas veces se me han hecho tan grande esos 51 por 35 centímetros.

Hice una propuesta sobre lo que sabíamos, clásica, segura, con una paleta minimalista, relativamente fácil de elaborar, que se aprobó.  Había muy poco tiempo, muchos nervios, escasa seguridad en los datos. De la autoría, ni hablar, solo hechos y hechos conocidos y contrastados.

La maquinaria de El País estaba en marcha. Poderosa, engrasada, eficaz.

No me acordaba de lo que había visto en la estación de El Pozo. Mi cabeza estaba ocupada en el trabajo, en el gráfico. Ni una imagen, curioso, ni un sentimiento, solo el trabajo, sacar adelante la info para llegar al cierre. Nada hasta que surgió una contradicción. En la infografía poníamos dos bombas en el tren de El Pozo e Interior solo daba una.

Un redactor de la sección de Nacional llevaba la coordinación de esos datos y me dijo que dos bombas no era correcto, solo una como afirmaba Interior. Le dije que no, que dos. “Pues Interior solo da una”. Esa frase me devolvió al andén de Vallecas, a la tapia, a los trenes abiertos como botes de cerveza utilizados como blanco de tiro y reventados, atravesados por docenas de perdigones.

“Han sido dos, afirmé”. Hizo un ademán de desprecio y de algo así como no digas tonterías. En el pasillo, entre mesas, al lado de la sección de Nacional, le dije: “he estado allí, lo he visto”. No me dio crédito y me enfadé muchísimo, incluso le levanté la voz. Me arrepiento. No es su culpa, contrastaba datos, ni más ni menos que del Ministerio de Interior, la mañana estaba siendo dura, dura como pocas y los nervios los teníamos todos un poco a flor de piel, quizá yo más que él y no se lo tengo en cuenta, pero no me creyó.

Con una frustración que arrastro hasta el día de hoy, diez años después, volví a mi mesa. Tiene más crédito la nota de Interior que un infografista. Si hubiera sido otro redactor, estoy seguro que la reacción de mi compañero no hubiera sido esa, pero los infografistas somos tercera división. No somos periodistas a los ojos de muchos en la redacción, al menos en la redacción de El País. Sobre todo de los que mandan. Craso error. Si hubiera sido un testimonio externo, digamos de un testigo, creo que hubiera recibido más crédito.

Desde entonces he guardado silencio, salvo con amistades, de esa mañana en la que ningún redactor, de ningún medio, llegó a los andenes, creo.

¿Por qué?

El País es un gran medio, lo sigue siendo. Y los periodistas que trabajan allí, como en cualquier medio, valen lo que vale la cabecera para la que trabajan. Pero en ese periódico, en el que he trabajado casi 32 años, los egos son enormes.

Es un mundo endogámico, encerrado en sí mismo, lleno de camarillas y muchas envidias. No creo que yo fuera objeto de ellas, quizá para mi redactor jefe, Ondarra, hombre gris que ha hecho un daño enorme a esa sección, grande como pocas, con gente de una valía enorme.

Pero en el caso concreto de la infografía, sí he de decir que se ha contemplado como un género menor. Un recurso, una salida para las muchas veces en las que no hay con qué ilustrar una información. Eso que se hace llamar la mancha gráfica.

No es cierto. Soy infografista, pero sobre todo soy periodista. La infografía, lo he dicho muchas veces, es un lenguaje completo y lo realizan periodistas. Especialidad o género, este lenguaje de comunicación ha estado tradicionalmente infravalorado, devaluado en los periódicos. Quizá por la influencia histórica de que los periódicos, información escrita, estaban diseñados y pensados para élites. Hay que recordar que al principio no todos sabían leer ni tenían acceso a la prensa.

Y como producto enfocado a las élites y con vocación influyente, está lleno de gente que se considera parte de ellas, de las élites. Los infografistas no tenemos cabida en ellas.

La cura de humildad que ha supuesto el ser despedido de El País y estar en el paro, ha recolocado y enfocado, la realidad más cruel; aquello de que vales tanto como el medio para el que trabajas. Esto lo saben, o deberían saberlo, los que quedan dentro. Pero no solo ha perfilado nítidamente esto, sino también los errores que a mi juicio se cometen allí dentro, como dejar en manos de ególatras y gente que, al rebufo de la cabecera, hacen su agosto mirándose solo a ellos mismos y no a su cometido: informar. Informar con honestidad. Eso mina las redacciones.

Mi experiencia aquel 11 de marzo es inolvidable en muchos aspectos. Es un punto de no retorno personal. A estas alturas del texto, si alguien sigue leyendo, pensará que todo esto es un ardid para mostrar mi enfado, mi cabreo, mi quemazón. No es cierto. Es solo mi experiencia y mi reflexión. Reflexión hecha desde la honestidad y el reconocimiento de que quizá no estuve a la atura de las circunstancias.

Aunque pueda parecer paradójico y en contra de lo que he hablado con muchos despedidos de El País, sigo queriendo a ese periódico. No puedo evitarlo. Es una experiencia única, enriquecedora y vital. Es verdad que hay un componente importante de frustración, pero no ya por mí mismo, sino por la profesión que tengo.

Pienso que este relato de mi 11-M, además de cómo experiencia personal, encaja lo suficiente como para ilustrar lo mucho que podría hacerse con la infografía, aunque haya hablado poco de ella, si quiénes tienen poder de decisión y mando en un medio como El País vieran a los infógrafos como lo que son, periodistas, algunos de los buenos, y les dejaran hacer su trabajo, ese medio ganaría mucho, muchísimo.