Pianos, violines y trompetillas

Los que llevamos mucho tiempo en esto de los periódicos, quizá demasiado, nos acordamos de cómo eran las cosas hace un poco más de dos décadas. No es romanticismo o melancolía, es historia.

No hace tanto tiempo, la verdad, el periodista era periodista, solo eso. Trabajaba en conseguir información y escribirla. Del resto se ocupaba una conjunto de profesionales: correctores, teclistas, filmadores, atendedores, fotógrafos, confeccionadores, maquetadores, montadores, documentalistas…

La inclusión de lo que venimos llamando las nuevas tecnologías volcó, poco a poco, las funciones de profesionales especializados sobre el redactor.

Primero dejó de escribir en papel pautado para hacerlo en un editor de texto en un ordenador. Luego empezó a escribir en un espacio predeterminado o caja, que se correspondía con la maqueta de la página. Se eliminaron los correctores y el redactor asumió la responsabilidad de escribir sin erratas y de una forma tipográficamente correcta. La sabiduría del corrector fue la primera que engulló el remolino digital. El siguiente paso fue titular la información y ajustarla. Adiós a los montadores.

Cuando desaparecieron estos, el redactor escribía directamente sobre la página, pero no solo eso, sino que cuando la tecnología lo permitió, también podían decidir cómo iba esta y diseñarla a partir de unos formatos predeterminados. Los maquetadores, aquellos periodistas que jerarquizaban la información haciéndola bella en la página, quedaron heridos de muerte.

El taller de preimpresión se volatilizó y con él, un sin fin de controles de calidad.

Poco después y gracias a la fotografía digital, los redactores se echaron al bolsillo una cámara (luego bastó con el móvil) e hicieron fotos, por aquello de la frescura del momento, la flexibilidad, la oportunidad de informar y que no se escapara nada. Los periodistas gráficos quedaron para las entrevistas, reportajes, ruedas de prensa y algún partido de fútbol. Todas cosas menores, dilapidando el género del fotoperiodismo en aras de la eficacia.

Hacer vídeos fue solo el siguiente paso.

Las ediciones digitales, siguiente vuelta de tuerca, obligaron a hacer dos versiones; una para la web y otra para el papel.

Los departamentos de documentación, aquellos que buscaban al redactor información complementaria y de archivo, cayeron fulminados por Google perdiendo el gran valor añadido que ello suponía y dejando al periodista a los pies del barullo digital en la web.  Con su desaparición lo hizo el propio fondo documental del medio y la responsabilidad de indexar los artículos recayó en, como no, el redactor.

Las redes sociales con los smartphones y tabletas llevaron a los tuits y otras herramientas de comunicación digital. Si no tuiteas, no existes, dijeron.

Es decir, el tiempo que dedicaba un redactor a buscar información, hablar con las fuentes, investigar y escribir una buena pieza periodística se ha reducido drásticamente. Ahora no solo tiene que hacer más cosas, sino controlarlas todas y ser responsable de cada una de ellas.

Buscar noticias, hacer llamadas, recorrer la calle, escribir, revisar, corregir, maquetar, hacer fotos, quizá vídeo, tuitear, editar en la página web…

Las jornadas laborales, que ya entonces eran largas, no pueden serlo ahora más. La calidad de la información se ha resentido enormemente. No hay tiempo para noticias que no sean las que muestran interés para los dueños de la publicación y sirven para sus intereses mediáticos, que no informativos.

En el papel, la web o en twitter observamos cada vez más erratas, más errores de bulto, más imprecisiones, más noticias o informaciones de dudosa procedencia o rigor. No se escapa casi ningún medio y los grandes han sido los más afectados.

Menos gente, más responsabilidad, más trabajo, igual tiempo, menos dinero, menos recursos, menos experiencia, más presión. No hay que hacer un máster para resolver esta ecuación perversa.

El periodismo de calidad es el que conjuga olfato, trabajo, contactos, empeño, investigación, oficio y también, por qué no decirlo, suerte. Un periodista, un periodista multimedia como se dice ahora, no es un hombre orquesta que toca los platillos, el bombo, la armónica y escribe cuatro piezas antes de las siete. El eufemismo “perfil digital” se ha convertido en un fin, una escusa, no un medio. Tienen más relevancia cuántas entradas tengas en tu blog y cuántos seguidores en tu perfil digital que la calidad y el rigor de lo que hay dentro.

El futuro es sombrío si a todo esto se le suma la sangría de conocimiento en forma de EREs y la desolación de las redacciones, en las que las nuevas generaciones están exentas de la experiencia y del oficio de los que han sido amortizados.

El ahorro en los costes se ha contrapuesto a la inversión en calidad y lo peor es que todos, los de dentro y los de fuera de las redacciones, nos hemos acostumbrado doblando el espinazo ante la imposición de quiénes nos quieren tener menos informados, por su interés económico, por los peajes a sus verdaderos dueños y quizá por su propia ceguera.

El futuro del periodismo, del periodismo bueno, de calidad y rentable, pasa entre otras cosas y a mi juicio, por la recuperación de los oficios y de las labores propias de la profesión. Es verdad que cada vez se imprime menos, que la técnica ha avanzado y que igual que han desaparecido los acomodadores en los cines o los serenos, lo han hecho otras profesiones en prensa, pero no todas. Algunas se han suprimido solo por dinero, no por dar un mejor producto. Y eso se nota.

Y así hemos llegado a no poder apenas diferenciar un medio de otro en la información general, asfixiada por los recortes y la rentabilidad propia de una fábrica de ladrillos en la mejor época de este, en la que cualquiera valía.

 

Si has leído esto y quieres más información de cómo se trabajaba antes en un periódico, sigue leyendo.

 

Los periodistas buscaban la información, hablaban con las fuentes, investigaban, se pasaban casi todo el día en la calle y a media tarde, la redacción se iba llenando del ruido de los teclados, humo de tabaco y teléfonos que sonaban incansablemente. El ambiente era de un caos paradójicamente armónico y bello. Las mesas rebosaban de papeles, periódicos y ceniceros en un equilibrio inexplicable.

Mientras se revelaban las fotos en el laboratorio, los maquetadotes diseñaban las páginas, los documentalistas sacaban carpetas de Mobutu o la guerra de Líbano y los teletipos de agencias se repartían por la redacción con precisión postal.

Los textos se tecleaban sobre un papel pautado de tres copias en una máquina de escribir. Del tirón, con pocas correcciones o cambios de párrafos o estilos. Si se hacía mal, se rompía, se enmendaba al margen o se quedaba así. Casi siempre valía a base de oficio y, una vez terminado, se llevaba al taller.

El taller de preimpresión a media tarde era un hervidero. Una de las copias del papel pautado llegaba a la sección de teclados, donde se volvía a escribir en unas máquinas especiales que transformaban el texto en una cinta perforada, como la del telégrafo. El teclista, auténtico malabarista con los dedos, picaba a una velocidad de vértigo, uno tras otro, los originales que llegaban de redacción. Pero no solo estos, también la cartelera, los anuncios breves, las tribunas de opinión y todo lo que no se escribía en la redacción. Siempre me asombró la capacidad de, sin dejar de mirar al original, teclear miles de caracteres por minuto y mantener una conversación.

Una docena de estos profesionales no solo picaban los textos, sino que eran el primer filtro de calidad del periódico al traducir las alteraciones o errores que había cometido el redactor. La máquina vomitaba una cinta perforada amarilla, de unos dos centímetros de ancho, que se unía al original y se pasaba a la filmación.

Los filmadores metían esas cintas en una máquina lectora que, a través de sistemas ópticos, impresionaban un papel fotográfico. Las reveladoras daban a luz la primera imagen del periódico: las galeradas. Los filmadores las cortaban, sacaban una prueba y la pasaban a los correctores junto con el original.

Media docena de sabios de la ortografía, la gramática y la tipografía leían sin parar todo el periódico escuchados por los atendedores (uno por corrector) para que nada se escapara. Entre ellos, un metalenguaje de golpes sobre la mesa indicaba los puntos, las comas, las mayúsculas… El corrector marcaba con un bolígrafo rojo las erratas en otro lenguaje de incomprensibles signos para un profano, firmaba la prueba responsabilizándose de su trabajo, se devolvía al teclista para corregirla y otra vez a la filmadora.

La galerada corregida estaba lista y pasaba a montaje, donde reinaba el olor a cera caliente, se cortaba, enceraba y se imponía en la página según las indicaciones de la maqueta, confeccionada en redacción por los diseñadores y que contenía todas las piezas de la página dibujadas con lápices de colores: fotos, texto, disposición de este, publicidad…

Todo llegaba a la mesa del montador y allí todo debía encajar como un puzle. La página cobraba vida y sentido por primera vez en su mesa de luz, rodeado de tijeras y cúter.

Era un trabajo de encaje de bolillos, artesanal hasta niveles insospechados, donde a veces se sustituía una sola letra recortándola y pegándola con mimo o se pintaba una coma sin que esto fuera apreciable por el lector.

Una vez montada, se sacaban muchas pruebas para el director, redactores jefe, la redacción, confección, incluso abogados y, por supuesto, de nuevo los correctores, que hacían otra lectura completa. Tantas pruebas y tanta gente leyéndolas llevaba a una cascada de correcciones que parecía no tener fin y sin embargo algo se escapaba, pero muy poco.

Si todo estaba bien, con los parabienes técnicos y de la redacción, la página se pasaba a fotomecánica, donde se trataba fotográficamente y se sacaba la plancha que iría a la rotativa.

El resto, hasta el día de hoy, sigue prácticamente igual.

Entremedias existían muchos otros pasos de producción, control y de repetición de tareas para obtener un producto lo más perfecto posible. El taller de preimpresión era una maquinaria de precisión que no solo producía, también controlaba la calidad. El resultado era un producto afinado, de un esmero tal que se notaba en el fondo y en la forma.

Los servicios de redacción tampoco eran mancos; secretarias, archiveros, documentalistas, laborantes o auxiliares ejecutaban una coreografía eficaz que se repetía todos los días. Todo esto con un objetivo: la información es lo primero y quién la produce debe hacerlo bien, arropado y con medios. El producto debe de ser tan bueno en todos sus aspectos que cada paso garantiza lo mejor del mismo.

Obviamente la técnica a evolucionado. Ya no hace falta montar el periódico con cera y tijeras. No tiene sentido teclear dos veces lo mismo ya que los programas de edición de texto son pulcros, eficaces y rápidos. Los correctores automáticos salvan muchas erratas y el teclado del ordenador ha sustituido el martilleo metálico de la máquina de escribir por un susurro eléctrico. Las carpetas de documentación son digitales, no de cartón y el revelado fotográfico es algo que ahora se nos antoja más próximo a la alquimia que otra cosa.

Sin embargo, la herramienta no habilita al profesional. Los correctores electrónicos sugieren a veces vagina por regina y el orden, jerarquía y armonía de una página no la proporcionan los programas de maquetación, sino quién los maneja. Las cámaras digitales de incontables megapíxel no sustituyen al ojo del fotógrafo, ese que nos emociona, atrapa y conmueve.

Google, aún siendo útil no es lo mejor para documentarse en profundidad, como no lo es la Wikipedia. Internet es un inmenso cajón de sastre en el que se requiere tiempo para encontrar aquel dato que solo un documentalista es capaz de seleccionar con eficacia y rigor.

En definitiva, los medios actuales, y no solo los escritos, se han tecnificado enormemente facilitando muchas tareas, pero equiparando y homologando oficios que siguen estando vivos aunque se empeñen en incinerarlos.

El periodista actual, ese que es reclamado hoy por los editores, es un trabajador multimedia, pero sobre todo multitarea, barato y versátil, capaz de realizar muchas funciones en detrimento de la esencial.

La producción está por encima de la calidad y digan lo que digan la mayoría de los directores, los días siguen teniendo 24 horas, ni una más. Ellos mismos se quejan de la falta de rentabilidad, de la revolución de Internet, de la crisis en la lectura o de la gratuidad de la información, pero parece que se olvidan de que además de los hombres orquesta, están los músicos, esos a los que un buen director les saca lo mejor de si mismos y no dándoles tres instrumentos a cada uno, precisamente.

GUSTAVO HERMOSO ©

3 Comments

  1. angel

    Me ha gustado mucho y me ha dado mucha pena su lectura

  2. Paulino

    Amigo mio:
    Eres un romántico, pero de los de la época de Larra.
    Y lo peor es que dentro de ¿poco?, no habrá ni redactores.

  3. LGT

    Los que ya vamos cumpliendo décadas, bastantes décadas, tenemos la suerte de entender esas sabias lineas. Que pena que los de ahora no lleguen al fondo de la realidad, lo que nos aboca a la mediocridad actual, no solo en el campo periodístico, sino en la generalidad de todo el que ha de decidir.

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